Este 5 de septiembre se cumple un nuevo aniversario del nacimiento de John Cage y el 12 de agosto, el de su muerte. Evidentemente, son días apropiados para recordarlo. Ojalá que estas letras sirvan de humilde homenaje al gran artista. Agrego un raro y bello video de enero de 1960, en el que Cage, uno de los representantes más radicales de las vanguardias, lejos de todo elitismo o pose de artista maldito, se presenta en un programa omnibus -tipo Pipo Mancera o Juan Alberto Badía- llamado I've Got a Secret para interpretar la pieza "Water Walk".
"Compongo música con agua de una jarra, una pipa de hierro, un llamador de gallinas, una botella de vino, un mezclador eléctrico, un silbato, una regadera, cubitos de hielo, dos platillos, un pez mecánico, un llamador de codornices, un pato de goma, una grabadora, un florero, un sifón, cinco radios, una bañera y un gran piano", enumera a modo de definición, silenciando que esa performance era parte de un proceso que estaba cambiando la concepción musical en Occidente. La desacralización de la música, sus ámbitos y sus instrumentos, el quiebre de las fronteras con el ruido, la improvisación y el carácter irrepetible del evento son algunos de los elementos que se invisibilizan ante el apacible buen humor de Cage.
De los sonidos y el silencio más que de la música se ocupa Cage, liberarse de la cárcel que suponía la división entre sonidos buenos y melodiosos versus malos y ruidosos. Pero no se trata de la abolición de toda regla, en el video se aprecia que antes de comenzar hay una serie de pasos previamente imaginados a seguir, por ejemplo, antes de tomar el trago, tiene que prepararlo. La libertad que sugiere este evento se liga, por un lado, al quiebre de reglas de la tradición precedente y, por otro, a la música como un arte performático, más cerca de un ritual pagano que rinde tributo a la caja boba que de un espectáculo musical. Cambia la partitura por el guion, como mapa de su improvisación. A diferencia de la música culta que se plantea como la continuación del paradigma tradicional occidental, estas manifestaciones se le oponen radicalmente, recuerdan el grito de Mafalda: "¡¡Paren el Mundo!! ¡¡Me quiero bajar!!"
Más allá de las explicaciones eruditas, lo cierto es que su actuación produce estallidos de risa en el auditorio presente en el video, pero no porque él no se tome la cosa en serio. Esas risas son un sonido más que se suma a su partcipación, si eso ya estaba previsto o no por el nigromante Cage no lo sabemos, lo cierto es que en muchas de sus composiciones la presencia subjetiva del autor queda relegada e incluso se borra. Hacer intervenir al público en la obra es un típico movimiento vanguardista, aunque en este caso ni se entera de su aporte al raro laboratorio televisado.
Los azarosos caminos de John Cage incluyen el humor como componente fundamental. No podemos olvidar que es el inventor del piano preparado que, de última, no es más que tuercas y tornillos anudados a las cuerdas del instrumento más clásico de la burguesía. Ese humor está relacionado con las travesuras de los chicos, como en la Suite para Piano de Juguete.
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24 jul 2011
Diario de viaje en un tren sin rumbo
Brasil, de Paula Brecciaroli
Un tren de Buenos Aires a la Triple Frontera posterga indefinidamente su llegada. Los pocos pasajeros toleran la situación con aguante sudamericano, típico de aquellos que saben que las cosas nunca salen como han sido planeadas. El modo en que se acepta esta incertidumbre colabora con la felicidad de la lectura, ya que la escritura −y con ella el lector− desligada de un desenlace organizador se desarrolla apacibl
e. Paula Brecciaroli, autora de Brasil y de mundotilingo.blogspot.com, crea un tono personal para el diario de viaje de la protagonista de la historia: una joven despechada que, para perderse del sinsabor de un fracaso amoroso, elige viajar. “Vamos por San Tadeo Norte, dicen los gitanos. Hace días que no encuentro el mapa. Parece que el tren agarró otra vía. No veo ninguna estación de referencia. El guarda dice que estamos cerca. A mí me parece que estamos perdidos.” Y a uno no le queda más remedio que aceptar que ese tren anda perdido por ahí y que, además, nadie lo busca.
Los personajes que el azar escogió para que acompañasen a la protagonista en la travesía se ven obligados a convivir, algunos –los más cercanos– se presentan: “‘Hola, soy Ludmila, estos son mis hijos Lautaro de cinco, Facu de seis y Román que está por cumplir cinco. Es mellizo de Lautaro’, me dice. Me quedo mirándola, esperando la explicación de ese casi mellizo.” Otros, como los gitanos que ocupan todo un vagón, son una presencia ajena y un poco distante, pero con los que se entabla una amistosa relación, tan necesaria como interesante para ese largo viaje.
e. Paula Brecciaroli, autora de Brasil y de El relato tiene la virtud de gambetear el dramatismo, y hacer del lector un pasajero que observa cómo se arman complots, alianzas, confabulaciones, rebeliones. En ese convoy de vagones, convertido en un laboratorio de relaciones humanas, el secreto y hasta el misterio tienen su lugar: “Escuché al guarda y al viejo pasar hablando del tema de robo de agua de la banda del formoseño. Hoy estuvieron juntos todo el día, van de un lado al otro cuchicheando. Martín los sigue, anotando cosas en la libreta del viejo. Ludmila se pintarrajeó la cara, armó el bolso se fue al vagón de los gitanos. A la noche la escuché cantar. Su voz chillona es inconfundible. Estoy sola en el vagón.”
No el lugar de destino, sino la riqueza del viaje y de sus avatares son la materia de la literatura. Tal vez porque allí se encuentra el riesgo, tal vez porque la travesía determina que las personas que dan inicio a la aventura son diferentes de las que la culminan.
Brasil fue editado por Conejos
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Un impuro deseo de pureza
Wakolda, de Lucía Puenzo
Todos sabemos que la Argentina fue un refugio de jerarcas nazis en desbandada. Adolf Eichmann y Erich Priebke (un destacado miembro de la comunidad barilochense) son los más recordados, pero hasta Joseph Mengele –el “Ángel de la muerte” de Auschwitz– pasó por aquí. Wakolda se interna en esa historia y utiliza los colores de la complicidad –una paleta de variadas tonalidades– para pintar la pureza como excusa del mal y la perversión. La novela toma su nombre de la mujer del cacique mapuche Lautaro, referente de la resistencia de los pueblos originarios frente a su genocidio. La narración por suerte ni se plantea ser un alegato moral sino que investiga, mediante la ficción, algunas claves para entender los resortes que se pusieron en movimiento para que una región tan alejada de la “pureza racial” se convirtiera en protectora del ideario nazi.
El relato explora la sutil complicidad entre Lilith y José. Ella es una inocente niña con una deformidad “casi imperceptible” que la aleja de la pureza aria, transformándola en “un personaje mitológico, mezcla de ninfa y de duende”. Lilith, que tiene una irresistible alma de pirata y “debajo del encaje de su vestido de punto inglés era la única alma aventurera” de su familia, siente una irresistible atracción hacia José. Él, un misterioso alemán en tránsito por la Patagonia, esconde detrás de un trato encantador a un temible titiritero de seres humanos. El relato desenmascara lentamente al monstruo: “No fue la forma en que lo dijo. Fue la mirada, un instante apenas, de reojo. Le heló la sangre. Por un parpadeo no fue el caballero refinado y aristocrático que la tenía encandilada. Fue el otro, el asesino más sádico de todos los tiempos el que la hizo retroceder sobre sus pasos y alejarse sin pensar en qué dirección iba.”
El alemán, mientras escapa de los cazadores de nazis, asedia a sus presas en un juego siniestro que no puede abandonar. Y como una fuente de perversidad, que atrae y marchita a todos los que toca; la opacidad de José trata de consumir el resplandor que emana Lilith. Lucía Puenzo profundiza en el camino sin retorno de la pérdida de la inocencia: “Lilith entreabrió un centímetro las manos. Sin pedir permiso, José hundió el índice en la cuevita oscura que funcionaba como una prisión para la luciérnaga. La apretó contra la palma izquierda de Lilith, que aguantó el cosquilleo –mezcla de asco y placer– con estoicismo. En un instante la luciérnaga se apagó.”
Una novela con el ritmo y clima de una cacería que, sin respiro, avanza sobre una red de complicidades, entre las que no querer ver al lobo feroz dentro de la propia madriguera, es una de las peores, ya que encubre la condición de aliado en el propio sometimiento.
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Diálogo con un hombre del siglo XVI
La muerte de Montaigne, de Jorge Edwards
La escritura de Jorge Edwards seduce desde el ritmo: vibra, frasea, canturrea; serpentea entre el ensayo y la ficción, y ofrece la agradable sensación de un libro que conversa. No hay que dejarse engañar, la simplicidad de lo oral en el formato escrito es, en realidad, una tarea compleja para la que se necesita oficio. Y Edwards lo tiene. La excusa de La muerte de Montaigne es narrar una relación que el primer ensayista de lengua francesa tuvo en sus últimos años de vida con una joven admiradora. Una historia lateral no totalmente documentada, y es en esos esquivos resquicios donde se mete el actual embajador chileno en Francia para novelar sobre lo que pudo suceder entre estos dos personajes, el maestro y la discípula. La aventura aspira a celebrar el antiguo ideal de la concordia y la independencia política, rasgos que el contemporáneo chileno de apellido inglés atribuye al antiguo autor francés, con el que se identifica. Las reflexiones se ritman al galope de Montaigne a caballo o con los desplazamientos de la Armada Invencible.
El libro comienza con una descripción que también es una declaración de principios: “El señor tomaba partido, pero no pensaba como hombre de partido. Juzgaba las cosas por sus méritos propios, sin el menor ánimo de favorecer a uno u otro bando. Se proponía ser íntegro, vivir en plenitud, conforme consigo mismo.” El ideal no por noble impide que el lector se cuestione acerca de las restricciones y presupuestos que todo pensamiento posee, porque la sublimación no hace que estos desaparezcan. Como a menudo sucede con las posturas conciliadoras, tras ellas se esconde la negación de los conflictos y algunos puntos ciegos que no se abren a discusión.
La estructura espiralada y dinámica del libro le permite a Edwards viajar de las guerras de religión en Francia al Chile de Piñera. Al que votó, apoya y representa como diplomático. El remontarse al siglo XVI hace más densa la discusión sobre el presente, al que permanentemente vuelve. En este ida y vuelta construye una genealogía intelectual y literaria, se eleva de la coyuntura cotidiana y carga con mayor sentido las palabras. Sin embargo, en las referencias al presente su proyecto renguea, por ejemplo cuando menciona una “guerra civil no declarada” que habría vivido Chile o al definir a sus opositores por su peor rasgo. En puntos nodales de su posicionamiento político, no abre la discusión y no revisa los postulados sobre los que se asienta.
A su favor La muerte de Montaigne se lee con atención, a veces con una sonrisa, presenta además de una prosa ilustrada que abomina de los extremos y los fanatismos, una muestra de que la buena literatura no se ata a ideologías.
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La historia repetida como novela
Un yuppie en la columna del Che Guevara, de Carlos Gamerro
Una historia de persecuciones, bombas, tiros, secuestros, sexo, amor y odio forman –quién lo duda– un voluptuoso cóctel literario. Este que estalla ante los ojos del lector, además de presentar toda clase de aventuras, se adentra en las andanzas de un pequeño burgués porteño devenido combatiente montonero en plena década de 1970. En el contexto de una Argentina que encara el drama de la dictadura militar desde lo político y judicial, Un yuppie en la columna del Che Guevara repasa ese tiempo, pero desde lo literario. No es un ejercicio memorialista sino que se interna en la época y se compromete con los personajes.La historia se repite como farsa, acotaba Marx a Engels, y en formato novela, les susurra Gamerro a ambos.
El trabajo formal con la lengua se completa con los diferentes géneros utilizados, que sirven para parodiar o verosimilizar la acción, por ejemplo, el relato de aventuras, un delirante diario guerrillero en Tigre, una historia erótica, una desgrabación del juicio a las juntas, y más. Las escenas están narradas desde un formato que brinda un marco histórico y un sentido específico a la acción, la escritura explota los momentos más densos de cada uno.
La mirada, retrospectiva y anacrónica, permite contrastar la mitología local –Evita, el Che, la resistencia peronista– y ponerla a prueba. El humor es la herramienta con que acosa y bombardea a esos mitos. Los personajes aparecieron por primera vez en otros libros de Carlos Gamerro –Las Islas y La aventura de los bustos de Eva– y aunque tienen vida, sólo dentro de los relatos, son fieles a las tramas míticas de significación de esos años de plomo.
Leer la revolución desde el management es un verdadero acto terrorista que desnuda la más profunda interioridad de Marroné, el héroe de esta historia, pero que lo emparenta con don Quijote, ya que ambos adaptan la realidad a sus lecturas, como si de un delirio se tratara, una de las críticas a la militancia de aquella época.
El pasado golpea las puertas del presente y obliga a revisarlo, este viaje hacia recuerdos reprimidos muestra cómo aquello que callamos lo heredamos y da forma al porvenir. El relato de la memoria es una ficción que nos negamos a escribir: “Marroné se sintió al salir como atrapado en una foto sobreexpuesta; la luz era tan intensa que carcomía los bordes de las siluetas, buscando el negro.”
La novela de Gamerro tiene la virtud de crear personajes complejos y ponerlos a prueba en ambientes y situaciones muy diferentes sin que pierdan su individualidad. Así como en la novela cada acción (o decisión) tiene un costo alto, la lectura de escenas íntimas y entrañables se paga a un precio muy caro, con otras crueles y lacerantes.
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Entrevista al escritor chileno Jorge Edwards
Publicado en Tiempo Argentino el 28 de Abril de 2011
“La mirada de Montaigne es como un antídoto frente a la enfermedad del odio"
Leer La muerte de Montaigne de Jorge Edwards se parece mucho a escucharlo hablar. Su prosa tiene la facilidad y el ritmo de un relato oral; su conversación, el encanto de los que saben narrar. Pronto a cumplir 80 años que no aparenta por la energía que despliega. El premio Cervantes de 1999 encara hacia el lugar más tranquilo del hotel para la entrevista y la interrumpe cada vez que pasa una moza para saludarla, “hace una semana que nos vemos a cada momento”, explica con inconfundible tonada chilena. A pesar de una agenda muy cargada, no deja entrever fatiga por el tema de su último libro, es que su Montaigne baja del pedestal y habla de libertad y reconciliación.
Su tono elegante y un tanto aristocrático recuerda un poco a Bioy Casares, sus posiciones políticas también. Mientras reflexiona sobre el humanismo de Montaigne, explica su apoyo a Piñera, dice que su país estuvo en guerra civil por más de 20 años, y aunque considera que el ambiente literario está mediocre, confía en el público lector.
−La muerte de Montaigne fluye entre varios géneros: historia, ensayo, ficción.
−Es reflexión y ficción, Montaigne fue el primero que usó la palabra ensayo, por lo menos en Francia, posiblemente otro la usó en Inglaterra al mismo tiempo. Es un ensayo mezclado con cuento, con historia. Yo creo que hoy en día sería visto como novela, porque es muy libre y admite la digresión. Entrar a un tema, salir de él e incluso olvidarse del tema principal y terminar en otra parte. A mí me gusta ese tipo de escritura que exige un ritmo más bien que una estructura narrativa cerrada.
−La estructura de su novela se asemeja a un espiral.
−Sí, exacto. La palabra espiral a mí me gusta mucho, y la he usado muchas veces para mi escritura. Es algo que ya está anunciado desde mi primer libro, que es de mis 20 años, y se desarrolla como un espiral porque va abarcando espacios más y más amplios… hasta que ahora, claro, me metí con un tema del siglo XVI francés.
−¿Y por qué un señor chileno en el siglo XXI se ocupa de eso?, ¿tiene que ver con la construcción de su subjetividad como escritor?
−Por supuesto que sí, es un proceso de absorción a través de la lectura de una mirada fascinante y muy moderna sobre el mundo. Montaigne en el prólogo a la primera edición de sus ensayos completos, que es de 1580 y se edita en Burdeos, dice que él mismo es el tema de sus ensayos. Y que el lector puede leerlo si le gustan, si le divierten y si no, que los tire, los deje a un lado, y no pasa nada. Y además repite varias veces: “Recuerden ustedes que yo escribo ensayos, no escribo resultados”. Es una forma de libertad narrativa muy interesante, que a mi manera de escribir le va muy bien.
−La digresión presenta una imprevisión…
−¡Claro!, es que la digresión va ampliando el campo de visión. Vamos por este camino y, de repente, tomamos por el de al lado y ese camino termina, qué sé yo, en el mar, en otro paisaje. Yo encontré una afinidad con esa manera de escribir, en el fondo es un libro de un chileno de hoy que lee a Montaigne y que después mira el mundo con esa mirada lúcida y, al mismo tiempo, no fanática.
−La reflexión sobre lo ético y lo estético ocupa un lugar importante en su libro. El silencio cumple esa doble función.
−El estilo de Montaigne, y el mío también, es bastante rítmico, muy musical, y en la música el silencio es muy importante. Las digresiones, de las que a veces no se regresa, requieren de una escritura que por sí sola, más allá del argumento que use, sea atractiva, que tenga un ritmo. Como una música verbal, en realidad. Y eso a mí me gusta mucho de Montaigne, y eso que lo leo hace bastantes años. Tenía una característica que a mí me resulta muy atractiva, fíjese, él era un hombre que examinaba los temas con cuidado, pero si no llegaba a una conclusión clara en vez de adoptar una posición cualquiera declaraba: “Me abstengo.” Y esta frase la tiene escrita en las vigas de su estudio.
−¿Cómo relaciona el tema de los fanatismos con Chile?
−Yo tengo una visión de chileno, eso no lo puedo evitar pues, y eso que no he vivido toda mi vida en Chile, he pasado mucho tiempo fuera. En Chile hubo una situación de fanatismos, de polarización extrema en los años de fines de los ’60 y ’70. El odio se respiraba en el aire, se cortaba con tijera, como decimos allá. Yo estuve con Neruda una vez, cuando ya estaba elegido Salvador Allende, y él me dijo: “Lo veo todo negro”, y por qué, “por el odio”. Y entonces lo comparó con lo que pasaba en España antes de la Guerra Civil. Con la del año ’35, cuando estuvo allá. Y me dijo: “Lo peor es una guerra civil.” La mirada de un Montaigne es como un antídoto frente a esa enfermedad, porque el odio es una enfermedad.
−Tras tantos años de democracia las pasiones han menguado.
−Fue importante que hubiera una alternancia política y que gobierne ahora la centroderecha. Eso demostró que este sector sigue una línea razonable. Porque se pensaba que iba a volver Pinochet, que iban a destruirse las adquisiciones sociales, y no ha pasado nada de eso. Eso es bueno, porque se terminó la guerra civil no declarada que teníamos en Chile. Nosotros tuvimos una guerra civil no declarada durante 20 años, duró más que la otra, y a veces, es peor, porque es más difícil la reconciliación.
−El concepto de guerra civil plantea dos bandos con similar poder de fuego y en Chile no pasó eso.
−Es verdad, lo que pasó en la guerra civil chilena fue que Pinochet tenía todo el poder, y los que desistieron para no participar de esa guerra, la pasaron muy mal o los mataron. A diferencia de España, en Chile el ejército es una organización muy unida así que no hubo nada que hacer. Una vez, en vísperas del golpe de Estado, Carlos Altamirano, que era el líder de la izquierda socialista, que era bastante extremista, pero muy inteligente, me dijo: “Pero qué guerra puede haber aquí, ¿una guerra de escupos contra tanques?” Y tenía razón, eso hubo.
−¿Y por qué votó a Piñera?
−Creo que la Concertación estaba muy deteriorada, entonces digo públicamente que voy a votar por Piñera, que voy a cambiar mi voto, ya que siempre voté por la centro izquierda o la izquierda. Entonces me llamó por el teléfono móvil –él era candidato todavía–. Es un tipo muy enérgico, muy activo, y me invitó a cenar a su casa con Vargas Llosa que estaba en Chile. En fin… ganó las elecciones y me llamó a Madrid, yo no pensaba aceptar nada, porque no quiero hacer nada que no sea leer, escribir, caminar y cosas así. Andar libre por el mundo, pero me ofreció París (suspira), y yo tengo una vieja relación sentimental con París, y ahí me embromé, porque acepté. Estoy cerrando una especie de ciclo de vida y me identifico con Montaigne cuando decía: “Soy güelfo para los gibelinos y gibelino para los güelfos”, en una época yo decía “Soy de derecha para los de izquierda y de izquierda para los de derecha”.
−Su lenguaje tiene marca de origen.
−Cuando comencé a publicar tuve una fama local, vendí una edición autofinanciada y colocada a consignación de 500 ejemplares en tres meses. Una vez un escritor viejo que iba siempre a los bares de Santiago me dijo, “sabes tú cuál es mi epitafio, ‘quiso ser escritor, llegó a ser escritor chileno’” (risas). Yo uso muchos chilenismos, me gusta el habla de la calle, encuentro que hay un ritmo que me interesa. Y en Montaigne también,
−Su prosa es conversada, como decía Borges.
−Sí, a mí me gusta mucho eso. Entre los prosistas de América Latina, hay dos muy buenos, Borges y Alfonso Reyes, el viejo mexicano. Fueron muy amigos y Borges aprendió mucho de él. Escribir como quien habla, dialogar con el lector. Cuando yo escribo me imagino un lector.
−¿Es el mismo el de Persona non grata y La muerte de Montaigne?
−Sí, yo creo que se parecen mucho. Persona non grata es una reflexión sobre la represión y la censura. Montaigne es el reverso, primero por la gran libertad de opinar, tanto que no se atreve a pronunciarse cuando no está totalmente seguro y ahí dice “me abstengo”. Segundo: siente que es güelfo para los gibelinos y viceversa, porque no se puede acomodar a un corsé ideológico; y tercero dice: “A veces, cuando discuto con una persona, sus argumentos me empiezan a convencer”.
−¿Cómo es la relación de los chilenos hoy con la literatura?
−Los escritores chilenos salen como las callampas. Una callampa es un hongo (risas). Después de la lluvia uno va al bosque y han salido por todos lados. Así pasa con los escritores, algunos sólo llegan a un blog y hay otros que editan y otros que ya editan en España y se sacan premios. Hay de todo. Considero que el ambiente literario público está mediocre. Y no hay una verdadera critica, estimulante e independiente, es un poco repetidora de lugares comunes, a veces los de la vanguardia y repiten cosas que no me interesan demasiado. En cambio existe el lector, a pesar de todo. Yo encuentro al lector a cada rato. Escribo una crónica semanal y sale todas (se ríe), todas la semanas, porque es semanal y tengo muchos, muchos lectores. Y allí están los gérmenes de mis novelas.
Su tono elegante y un tanto aristocrático recuerda un poco a Bioy Casares, sus posiciones políticas también. Mientras reflexiona sobre el humanismo de Montaigne, explica su apoyo a Piñera, dice que su país estuvo en guerra civil por más de 20 años, y aunque considera que el ambiente literario está mediocre, confía en el público lector.
−La muerte de Montaigne fluye entre varios géneros: historia, ensayo, ficción.
−Es reflexión y ficción, Montaigne fue el primero que usó la palabra ensayo, por lo menos en Francia, posiblemente otro la usó en Inglaterra al mismo tiempo. Es un ensayo mezclado con cuento, con historia. Yo creo que hoy en día sería visto como novela, porque es muy libre y admite la digresión. Entrar a un tema, salir de él e incluso olvidarse del tema principal y terminar en otra parte. A mí me gusta ese tipo de escritura que exige un ritmo más bien que una estructura narrativa cerrada.
−La estructura de su novela se asemeja a un espiral.
−Sí, exacto. La palabra espiral a mí me gusta mucho, y la he usado muchas veces para mi escritura. Es algo que ya está anunciado desde mi primer libro, que es de mis 20 años, y se desarrolla como un espiral porque va abarcando espacios más y más amplios… hasta que ahora, claro, me metí con un tema del siglo XVI francés.
−¿Y por qué un señor chileno en el siglo XXI se ocupa de eso?, ¿tiene que ver con la construcción de su subjetividad como escritor?
−Por supuesto que sí, es un proceso de absorción a través de la lectura de una mirada fascinante y muy moderna sobre el mundo. Montaigne en el prólogo a la primera edición de sus ensayos completos, que es de 1580 y se edita en Burdeos, dice que él mismo es el tema de sus ensayos. Y que el lector puede leerlo si le gustan, si le divierten y si no, que los tire, los deje a un lado, y no pasa nada. Y además repite varias veces: “Recuerden ustedes que yo escribo ensayos, no escribo resultados”. Es una forma de libertad narrativa muy interesante, que a mi manera de escribir le va muy bien.
−La digresión presenta una imprevisión…
−¡Claro!, es que la digresión va ampliando el campo de visión. Vamos por este camino y, de repente, tomamos por el de al lado y ese camino termina, qué sé yo, en el mar, en otro paisaje. Yo encontré una afinidad con esa manera de escribir, en el fondo es un libro de un chileno de hoy que lee a Montaigne y que después mira el mundo con esa mirada lúcida y, al mismo tiempo, no fanática.
−La reflexión sobre lo ético y lo estético ocupa un lugar importante en su libro. El silencio cumple esa doble función.
−El estilo de Montaigne, y el mío también, es bastante rítmico, muy musical, y en la música el silencio es muy importante. Las digresiones, de las que a veces no se regresa, requieren de una escritura que por sí sola, más allá del argumento que use, sea atractiva, que tenga un ritmo. Como una música verbal, en realidad. Y eso a mí me gusta mucho de Montaigne, y eso que lo leo hace bastantes años. Tenía una característica que a mí me resulta muy atractiva, fíjese, él era un hombre que examinaba los temas con cuidado, pero si no llegaba a una conclusión clara en vez de adoptar una posición cualquiera declaraba: “Me abstengo.” Y esta frase la tiene escrita en las vigas de su estudio.
−¿Cómo relaciona el tema de los fanatismos con Chile?
−Yo tengo una visión de chileno, eso no lo puedo evitar pues, y eso que no he vivido toda mi vida en Chile, he pasado mucho tiempo fuera. En Chile hubo una situación de fanatismos, de polarización extrema en los años de fines de los ’60 y ’70. El odio se respiraba en el aire, se cortaba con tijera, como decimos allá. Yo estuve con Neruda una vez, cuando ya estaba elegido Salvador Allende, y él me dijo: “Lo veo todo negro”, y por qué, “por el odio”. Y entonces lo comparó con lo que pasaba en España antes de la Guerra Civil. Con la del año ’35, cuando estuvo allá. Y me dijo: “Lo peor es una guerra civil.” La mirada de un Montaigne es como un antídoto frente a esa enfermedad, porque el odio es una enfermedad.
−Tras tantos años de democracia las pasiones han menguado.
−Fue importante que hubiera una alternancia política y que gobierne ahora la centroderecha. Eso demostró que este sector sigue una línea razonable. Porque se pensaba que iba a volver Pinochet, que iban a destruirse las adquisiciones sociales, y no ha pasado nada de eso. Eso es bueno, porque se terminó la guerra civil no declarada que teníamos en Chile. Nosotros tuvimos una guerra civil no declarada durante 20 años, duró más que la otra, y a veces, es peor, porque es más difícil la reconciliación.
−El concepto de guerra civil plantea dos bandos con similar poder de fuego y en Chile no pasó eso.
−Es verdad, lo que pasó en la guerra civil chilena fue que Pinochet tenía todo el poder, y los que desistieron para no participar de esa guerra, la pasaron muy mal o los mataron. A diferencia de España, en Chile el ejército es una organización muy unida así que no hubo nada que hacer. Una vez, en vísperas del golpe de Estado, Carlos Altamirano, que era el líder de la izquierda socialista, que era bastante extremista, pero muy inteligente, me dijo: “Pero qué guerra puede haber aquí, ¿una guerra de escupos contra tanques?” Y tenía razón, eso hubo.
−¿Y por qué votó a Piñera?
−Creo que la Concertación estaba muy deteriorada, entonces digo públicamente que voy a votar por Piñera, que voy a cambiar mi voto, ya que siempre voté por la centro izquierda o la izquierda. Entonces me llamó por el teléfono móvil –él era candidato todavía–. Es un tipo muy enérgico, muy activo, y me invitó a cenar a su casa con Vargas Llosa que estaba en Chile. En fin… ganó las elecciones y me llamó a Madrid, yo no pensaba aceptar nada, porque no quiero hacer nada que no sea leer, escribir, caminar y cosas así. Andar libre por el mundo, pero me ofreció París (suspira), y yo tengo una vieja relación sentimental con París, y ahí me embromé, porque acepté. Estoy cerrando una especie de ciclo de vida y me identifico con Montaigne cuando decía: “Soy güelfo para los gibelinos y gibelino para los güelfos”, en una época yo decía “Soy de derecha para los de izquierda y de izquierda para los de derecha”.
−Su lenguaje tiene marca de origen.
−Cuando comencé a publicar tuve una fama local, vendí una edición autofinanciada y colocada a consignación de 500 ejemplares en tres meses. Una vez un escritor viejo que iba siempre a los bares de Santiago me dijo, “sabes tú cuál es mi epitafio, ‘quiso ser escritor, llegó a ser escritor chileno’” (risas). Yo uso muchos chilenismos, me gusta el habla de la calle, encuentro que hay un ritmo que me interesa. Y en Montaigne también,
−Su prosa es conversada, como decía Borges.
−Sí, a mí me gusta mucho eso. Entre los prosistas de América Latina, hay dos muy buenos, Borges y Alfonso Reyes, el viejo mexicano. Fueron muy amigos y Borges aprendió mucho de él. Escribir como quien habla, dialogar con el lector. Cuando yo escribo me imagino un lector.
−¿Es el mismo el de Persona non grata y La muerte de Montaigne?
−Sí, yo creo que se parecen mucho. Persona non grata es una reflexión sobre la represión y la censura. Montaigne es el reverso, primero por la gran libertad de opinar, tanto que no se atreve a pronunciarse cuando no está totalmente seguro y ahí dice “me abstengo”. Segundo: siente que es güelfo para los gibelinos y viceversa, porque no se puede acomodar a un corsé ideológico; y tercero dice: “A veces, cuando discuto con una persona, sus argumentos me empiezan a convencer”.
−¿Cómo es la relación de los chilenos hoy con la literatura?
−Los escritores chilenos salen como las callampas. Una callampa es un hongo (risas). Después de la lluvia uno va al bosque y han salido por todos lados. Así pasa con los escritores, algunos sólo llegan a un blog y hay otros que editan y otros que ya editan en España y se sacan premios. Hay de todo. Considero que el ambiente literario público está mediocre. Y no hay una verdadera critica, estimulante e independiente, es un poco repetidora de lugares comunes, a veces los de la vanguardia y repiten cosas que no me interesan demasiado. En cambio existe el lector, a pesar de todo. Yo encuentro al lector a cada rato. Escribo una crónica semanal y sale todas (se ríe), todas la semanas, porque es semanal y tengo muchos, muchos lectores. Y allí están los gérmenes de mis novelas.
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